23 de octubre de 1931. Una pacífica manifestación de jóvenes estudiantes se dirige hacia el Palacio de Gobierno, pidiendo la defensa del Chaco paraguayo invadido por fortines militares bolivianos desde 1905.

 



23 de octubre de 1931. Una pacífica manifestación de jóvenes estudiantes se dirige hacia el Palacio de Gobierno, pidiendo la defensa del Chaco paraguayo invadido por fortines militares bolivianos desde 1905.
El presidente liberal José P. Guggiari (luego, "absuelto" por el Congreso liberal) ordenó el salvaje ametrallamiento, en la sangrienta jornada que por siempre, llenará de verguenza a sus responsables...
"En medio de una batahola infernal, de gritos, pedradas y exclamaciones, la multitud se precipitó hacia adelante. Una descarga cerrada de fusilería y un nutrido fuego de ametralladoras emplazadas en lo alto del Palacio abrió fuego entre la multitud que después se dispersó."
El parlamento el Juicio Político
Sabiendas que contaba mayoría absoluta en el parlamento el presidente liberal José P. Guggiari pide ser enjuiciado.
Ausencia de la oposición: Al iniciarse las sesiones del proceso en el Congreso, los legisladores de los partidos de la oposición decidieron retirarse del recinto. Esto dejó el debate y la posterior votación en manos de la mayoría oficialista (el Partido Liberal), facilitando un clima político favorable para el mandatario. Los Colorados era opositores en esos años. 16 diputados colorados sobre 40, y 6 senadores sobre 20
Liberales salvan en el juicio político a José P. Guggiari
La absolución: Al no haber oposición en las cámaras (por el retiro formal de los colorados), el Parlamento controlado por el liberalismo votó de forma unánime a favor de liberarlo de culpa y pena. El 27 y 28 de enero de 1932 fue oficialmente absuelto, reasumiendo el mando del país inmediatamente después para culminar su mandato presidencial

A la Juventud Estudiosa y al Pueblo del Paraguay
EL RÉGIMEN (LIBERAL)
Pesa sobre el Paraguay, desde el día trágico, una situación de fuerza sin precedente en su historia institucional. Facultades extraordinarias que, por expresa prohibición constitucional, no pueden ser concedidas al Poder Ejecutivo ni por el propio Congreso de la Nación, han sido otorgadas por el Presidente de la República (José P. Guggiari) a un jefe militar (nota: el entonces mayor Arturo Bray, director de la Escuela Militar) bajo cuya autoridad omnipotente se concentra prácticamente la suma del poder público. Con la complicidad de las Cámaras legislativas y de los Tribunales de Justicia, el P.E. ha erigido, sobre sí mismo y sobre el pueblo, abierta y desembozadamente en su forma más cruda, el régimen (liberal) que el Código fundamental equipara, en la responsabilidad que arroja sobre quienes lo "formulen, consientan o firmen", a la infame traición a la patria".
Y ese régimen ha llegado a extremos nunca vistos entre nosotros. La prensa no existe en el Paraguay. El derecho de reunión ha desaparecido. La correspondencia privada es violada sin escrúpulos. La vida, la libertad, el honor de los habitantes están a merced del régimen y de sus secuaces. El silencio reconcentrado y sombrío que gravita sobre los espíritus sólo es interrumpido por las fanfarrias de los bandos supremos y por las estridencias de la prensa del régimen; dedicado a arrojar fango y miseria sobre quienes no pueden defenderse.
El régimen ha dado la consigna de siempre: falsear la verdad, falsearla a sabiendas, cínicamente, mentir, calumniar, arrojar el peso del crimen sobre las propias víctimas de él, llenar de lodo a quienes, hombres ante la barbarie, hicieron suya la causa de los estudiantes, se jugaron por ella, firmes en la convicción de que no era de ciudadanos cruzarse de brazos o desahogarse en líricas declamaciones, mientras los jóvenes morían en las calles por la democracia y por la patria. El régimen (liberal) reedita ahora lo que intentó con la memoria de Rojas Silva. No pudiendo negar el crimen, persigue a sus víctimas más allá de la tumba, arroja infamias sobre su recuerdo inmarcesible, proyecta sombras sobre la causa radiosa que les llevó al sacrificio y a la muerte.
El fallo está pronunciado. La falsedad, la mentira, la infamia, no prevalecerán. Lo sabe el régimen (liberal) y la certidumbre de su importancia final exacerba la ira de sus desahogos.
Estas palabras, las primeras de verdad y de justicia que se alzan después de la tragedia, no son una vindicación, una defensa. No las necesita la causa que tuvo desde la belleza viril del gesto hasta la nobleza suprema del sacrificio desinteresado por el ideal. Pero el decoro del civismo paraguayo exige que en estos momentos, frente a la ola de cieno de la propaganda oficialista, frente al coro asqueante de los serviles de siempre, se eleve acusadora y vibrante la voz de un hombre libre.

LOS SUCESOS DE OCTUBRE
Falta a la verdad, miente deliberadamente el régimen (liberal), cuando Atribuye a los últimos movimientos propósitos, orientaciones u objetivos distintos de los públicamente proclamados, Nunca hubo en nuestro país agitaciones tan limpias, tan puramente juveniles, tan desvinculadas de móviles subalternos, como las que se sucedieron en los días trágicos. Surgida espontáneamente de las aulas del Colegio Nacional,



La iniciativa fué acogida con entusiasmo por el pueblo, que vio en ella la expresión de sus propios sentimientos e inquietudes. Y luego, consumada la masacre, no hubo ya clases, banderías, agremiaciones, diferencias políticas o doctrinarias. Fué el pueblo todo de la capital el que, como en otras ocasiones memorables, se levantó en un solo grito de indignación y de protesta.
La iniciativa nació -como queda dicho- en el Colegio Nacional. Bien notorias fueron sus causas. La situación angustiosa de la defensa nacional; el retroceso ininterrumpido de nuestras fronteras en el Chaco, paralelo a las derrotas y humillaciones de nuestra Cancillería; el abandono en que se hallan las guarniciones avanzadas; la falta de elementos para hacer valer nuestros derechos; el espíritu revelado, en hechos y palabras, por los prohombres del régimen; todo eso, que día a día se presentaba más claro y evidente, llegó a crear un estado de ánimo, en que predominaban la ansiosa preocupación por el futuro cercano de la nacionalidad y la desconfianza creciente en la acción y, finalmente, hasta en las intenciones del régimen.
La ruta sangrienta de Samaklay agravó la tensión de los espíritus. El pueblo ahogó, como de costumbre, su indignación y su dolor. Pero la juventud velaba.
Y un día, del Colegio Nacional partió la voz de orden. El Centro Estudiantil, de honrosas tradiciones resolvió organizar una manifestación. Se determinó claramente el objetivo: se iba a expresar la protesta del pueblo ante el desarrollo de los sucesos en el Chaco; se iba a pedir, con algunas medidas concretas, la intensificación de los trabajos de la defensa nacional. NADIE FUERA DE LOS COLEGIALES, intervino en la iniciación ni en la organización del movimiento.
Pero respondía éste a sentimientos tan vibrantes en el alma colectiva, daba voz a inquietudes y anhelos tan actuales, que el pueblo respondió vigorosamente al llamado. Una manifestación pocas veces igualada en el número y la calidad de sus componentes, cruzó la ciudad, en marcha hacia el Palacio de Gobierno. Con algunos amigos, me incorporé a ella cuando se dirigía hacia el centro de la ciudad. NO HABIENDO SIDO RECIBIDA por el Presidente de la República, la enorme columna se encaminó a la Escuela Militar, a cuyas puertas se detuvo. Hablaron varios estudiantes. Todos pidieron que el Ejército se interesase en la preparación de la defensa del territorio, le incitaron a hacer oír sus votos en ese sentido, a hacer presente al Gobierno su voluntad inquebrantable de defender el Chaco.
NO SE HABLÓ DE REBELIÓN, no se incitó al motín. Se proclamó, sí, la necesidad de cambiar la política militar y diplomática en la cuestión de límites y se recordó la urgencia de una reacción en el camino que se venía siguiendo. Entonces, y ante la sorpresa de todos el Director de la Escuela (nota: el entonces mayor Arturo Bray) se dirigió a los manifestantes, ordenándoles en tono destemplado que se retiraran "A HACER BARULLO EN LAS PLAZAS PÚBLICAS” (sic)

La Escuela Militar, el Ejército, las instituciones que el pueblo mantenía, a costa de inmensos sacrificios, para la defensa de la integridad territorial de la República, respondían en esa forma al gesto patriótico de la juventud estudiosa que iba a llevarles en momentos de ansiedad, la vibración de su entusiasmo ciudadano, el apoyo de su fe nacionalista y a requerirles la promesa solemne de que, al amparo de sus armas, estarían seguros los derechos y los intereses primordiales del país.
Así se contestó a la juventud, que aguardaba impaciente la palabra leal del Director de la Escuela Militar; la promesa salida del corazón, de que el Ejército haría honor a las tradiciones de la estirpe la afirmación rotunda de que jefes y oficiales no consentirían jamás la desmembración del territorio, el voto solemne de que se sostendrían los derechos de la República, a costa de todos los sacrificios.
Habíamos llegado a extremos tales que toda invocación al patriotismo, todo llamado al honor nacional, toda exhortación a la defensa integral de nuestros derechos, eran una ofensa, un desacato contra el régimen (liberal) y sus sostenedores.
NO SE PERCATÓ, SEGURAMENTE, EL DIRECTOR DE LA ESCUELA MILITAR, DE TODO LO QUE SIGNIFICABA SU ACTITUD EN TALES CIRCUNSTANCIAS.
Era la ruptura entre la juventud estudiosa y el Ejército; la extinción de la fe que hasta entonces pudo guardar el pueblo en las instituciones armadas como defensoras de la soberanía nacional, el divorcio entre quienes hablaban en nombre de la patria y los que no sentían sino el régimen (liberal).
Los manifestantes recorrieron luego varias calles y, finalmente un compacto grupo llegó hasta la casa del Presidente de la República, donde profirió gritos hostiles y algunos más exaltados lanzaron piedras. Un pelotón de guardia cárceles y un grupo del Escuadrón de Seguridad, llegados sigilosamente, no para detener o disolver a los manifestantes, sino para atacarles y atropellarles, se lanzaron, a una señal convenida, SABLE EN MANO, sobre ellos. Los manifestantes se defendieron a pedradas los heridos fueron varios Y LOS SOLDADOS PERSIGUIERON Y SABLEARON (sic) HASTA LARGA DISTANCIA A LOS FUGITIVOS. Todo eso lo supe al día siguiente de labios de actores y espectadores.
LA MASACRE
Amaneció el viernes 23 de octubre. A la hora de iniciarse las clases en el Colegio Nacional, los alumnos, en vez de entrar en las aulas salieron o la calle, en son de protesta contra los atropellos de la noche anterior. Después de visitar la redacción de varios diarios, se dirigieron, en medio de ruidosas demostraciones, hacia el Palacio de Gobierno.
ERA UNA COLUMNA COMPUESTA, CASI EXCLUSIVAMENTE DE ESTUDIANTES, EN SU INMENSA MAYORÍA ALUMNOS DEL COLEGIO NACIONAL Y DE LA ESCUELA NORMAL Y UN NUMEROSO NÚCLEO DE ESTUDIANTES DE MEDICINA.
Con la bandera nacional a la cabeza, los manifestantes llegaron frente a la explanada de la Casa de Gobierno. Hallando el paso obstruido por la policía y el escuadrón de Seguridad, intentaron por un rato, romper la valla. Se luchó a empujones, a codazos, en algunos lugares a puñetazos. De pronto ocurrió lo increíble. Sin una voz de advertencia, sin intimaciones de ningún género, las fuerzas apostadas en el Palacio rompieron el fuego sobre la manifestación. Las ametralladoras, que desde la noche anterior habían sido PREMEDITADAMENTE EMPLAZADAS en la terraza, hicieron luego oír su tableteo siniestro. Presa de angustioso pánico, la multitud solo atinó a arrojarse al suelo, para eludir los proyectiles.
Y luego, en el momento de levantarse e iniciar la fuga las máquinas mortíferas prosiguieron su obra. Se hacía fuego por la espalda sobre los que huían;
se hacía fuego sobre los que se detenían para intentar socorrer a los muertos y heridos;
se hacía fuego sobre los que buscaban refugio en bocacalles y zaguanes.
Se disparaba sobre los que intentaban huir hacia el río; se disparaba sobre los que buscaban salvarse por el callejón que va hacia la Avenida República.
Despejado el frente del Palacio, soldados de la guardia de cárceles avanzaron, haciendo siempre fuego sobre los dispersos, abrumando a sablazos y culatazos a los rezagados.


ASÍ SE PRODUJO LA MASACRE DEL 23 DE OCTUBRE.
Diecisiete muertos y más de sesenta heridos, individualizados, cayeron en ella. El grupo directamente expuesto al fuego no se compondría de más de cuatrocientos manifestantes.
Me hallaba en el Juzgado de Comercio, en la calle Chile, cuando oí los disparos. Un presentimiento trágico invadió mi espíritu. Corrí a la calle y me lancé hacia el lugar de donde parecían provenir los tiros. En la plaza Independencia tomé un automóvil, en compañía de varias personas y me dirigí a escape hacia el Palacio. Al llegar a la esquina de Buenos Aires y 15 de agosto, nos encontramos con un grupo de estudiantes, algunos discípulos míos. Venían con el horror y la indignación pintados en los rostros, con las ropas desgarradas, varios cubiertos de sangre.
Al conocerme, se me dirigieron y, con frases entrecortadas, me narraron lo ocurrido. No vacilé. Descendí del vehículo y me uní a los muchachos. Desde ese momento fui uno de ellos. Les acompañé al Colegio, recorrí las calles, concentrando, y arengando a los dispersos, organicé manifestaciones, grité, a todos los vientos, mi anatema contra el crimen.
El comité estudiantil se declaró en sesión permanente para organizar el movimiento. ESA TARDE FUÍ APRESADO. A la tarde siguiente, puesto en libertad a exigencia de los directores de la prensa asunceno, asistí, en calidad de director de "La Nación", a la reunión de periodistas convocada por el jefe de la plaza. Mis palabras en esa oportunidad figuran en las crónicas de los diarios.



LA PROTESTA DEL PUEBLO
Entre tanto, el Presidente de la República se hacía responsable del atentado, calificándolo de acto de reacción natural, de legítima defensa, y el directorio del Partido liberal proclamaba su solidaridad con el crimen.
Todo era inútil. La protesta estallaba en todas partes. Nacionales, extranjeros, hombres, niños y mujeres, la ciudad entera se descubría al paso de la bandera ensangrentada que iba al frente de las columnas estudiantiles, y gritaba, a cara descubierta, su indignación y su repudio contra el régimen. En cada barrio, en cada bocacalle, surgían, espontáneos grupos enardecidos y vibrantes. El entierro de las víctimas fue una apoteosis. La ciudad comunera vivió en esos días jornadas dignas de su historia.
Explosión genuinamente popular, espontánea, el movimiento se desarrolló sin plan ni dirección de ningún género. Nadie pensó en levantamientos armados, totalmente imposibles cuando se carecía en absoluto de elementos. Nadie pensó en el Ejército, cuyos jefes eran adictos incondicionales al régimen (liberal). Nadie pensó en que pudiera arrojarse violentamente del poder a los culpables. Pero, ¿habría, por eso, que guardar silencio, o contentarse con editoriales de protesta o con oraciones compungidas? ¡Nunca!
DOLOR, IRA, INDIGNACIÓN, ANGUSTIA...
Había que lanzarse a la calle, había que proclamar a la faz de la República la ignominia del régimen (liberal), había que arrojar el horror del crimen al rostro de los grandes culpables, había que gritar, a pleno pulmón, a sol abierto, frente a la barbarie prepotente, todo el dolor, la ira, la indignación que mordían los corazones y ponían un nudo de angustia en las gargantas. Así se hizo. Sin jefes, sin directores, sin planes ni objetivos ulteriores, DESLIGADO DE TODA BANDERÍA PARTIDARIA, pasando por sobre todas las divisiones, el pueblo se, irguió como en los días memorables de diciembre de 1928.

El resultado: varios muertos y numerosos heridos.
LAS VÍCTIMAS DEL ATAQUE:
Según uno de los principales protagonistas M. Agustín Ávila, presidente del Centro Estudiantil, la masacre ocurrida en los jardines del Palacio de Gobierno arrojó como víctimas fatales a: Julio César Franco, estudiante de Medicina; Benigno e Ismael González, estudiantes de Comercio; Eugenio Gómez, Marcial Méndez, Alfredo González Taboas, Serafín Vidal, Liberato Ruiz y Celestino Ramírez, estudiantes de Bachillerato; y Marcial Royg Ocampos, estudiante de Primaria; además de a un anciano no identificado.
Resultaron heridos los estudiantes de Medicina, Alejandro Chirife, Antonio Montalto y Luis Carlos Rodríguez; los estudiantes de Bachillerato, Víctor Ortiz, Néstor Segovia, Félix Alegre, Modesto Muñoz Silva, Roberto Bareiro, Benigno Ferrara, Robustiano Valle, Carlos Urizar, Tomás Vergara, Eleuterio Ramírez, Ramón Cueto, Manuel Ferreira, Vicente Zayas, Trinidad Samaniego, Emilio González, Pompeyo González, Juan González, Gerardo Monzón y Gerardo Cardozo; además del estudiante de Comercio Manuel Cáceres y los civiles Pedro Pascual Casal, Ricardo Suárez Cáceres, Luis Persichino y Víctor Guzzio, funcionario policial.
Así terminó aquella manifestación, con su saldo de muertos, heridos y contusos. Estos últimos fueron socorridos por la Asistencia Pública y remitidos para su recuperación al Hospital de Clínicas.
Según uno de los principales protagonistas M. Agustín Ávila, presidente del Centro Estudiantil. La masacre ocurrida en los jardines del Palacio de Gobierno arrojó como víctimas fatales a: Julio César Franco, estudiante de Medicina; Benigno e Ismael González, estudiantes de Comercio; Eugenio Gómez, Marcial Méndez, Alfredo González Taboas, Serafín Vidal, Liberato Ruiz y Celestino Ramírez, estudiantes de Bachillerato; y Marcial Royg Ocampos, estudiante de Primaria; además de a un anciano no identificado.
Resultaron heridos los estudiantes de Medicina, Alejandro Chirife, Antonio Montalto y Luis Carlos Rodríguez; los estudiantes de Bachillerato, Víctor Ortiz, Néstor Segovia, Félix Alegre, Modesto Muñoz Silva, Roberto Bareiro, Benigno Ferrara, Robustiano Valle, Carlos Urizar, Tomás Vergara, Eleuterio Ramírez, Ramón Cueto, Manuel Ferreira, Vicente Zayas, Trinidad Samaniego, Emilio González, Pompeyo González, Juan González, Gerardo Monzón y Gerardo Cardozo; además del estudiante de Comercio Manuel Cáceres y los civiles Pedro Pascual Casal, Ricardo Suárez Cáceres, Luis Persichino y Víctor Guzzio, funcionario policial. Así terminó aquella manifestación, con su saldo de muertos, heridos y contusos. Estos últimos fueron socorridos por la Asistencia Pública y remitidos para su recuperación al Hospital de Clínicas.
La voz infalible del corazón le enseñaba que la causa era esencialmente la misma. Comprendía, en la intuición que no se engaña, que los adolescentes indefensos inmolados el 23 de octubre por el GOBIERNO LIBERAL, habían muerto por la misma causa en cuyas aras derramaron su sangre Rojas Silva y Figari y cayeron, con el máuser en la mano, los conscriptos heroicos de Samanklay! (Continuará.)
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(*) ADRIANO IRALA. Intelectual, abogado, catedrático, escritor, periodista. Fundó en 1928 el partido opositor "Liga Nacional Independiente". Al comenzar la Guerra del Chaco volvió del exilio para presentarse voluntario; fue incorporado con jerarquía de Mayor y Auditor de Guerra en el Comando de Operaciones, donde contrajo una grave enfermedad, falleciendo el 19 de agosto de 1933, tenía 40 años. Quedaron huérfanos Adriano (😎 y Miguel Jerónimo (4) Irala Burgos, (ambos serían luego conspicuos ciudadanos intelectuales) Fue presidente del club Cerro Porteño (1920/22 y 1925 hasta su muerte, 1933). El Estadio de ese Club llevó su nombre.

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CAIRELES FÚNEBRES EN EL PALACIO DE LÓPEZ, EL DÍA QUE ENLUTÓ AL ESTUDIANTADO PARAGUAYO
​«¡¡Traidor!!… ¡¡Abajo el régimen!!… ¡¡Que renuncie José P.!!» Fueron las exclamaciones populares de esa fatídica mañana de aquel viernes 23 de octubre de 1931.
​La columna de protesta de estudiantes —en su mayoría del C.N.C. y de la Escuela Normal—, enardecidos por la inoperancia del gobierno ante las constantes agresiones bolivianas en nuestro Chaco, decidió marchar recorriendo las calles céntricas de Asunción.
​Después de pasar frente a la casa del entonces presidente José P. Guggiari, se dirigieron al Palacio de Gobierno para hacerse escuchar, pensando que allí serían atendidos por el propio presidente, sin sospechar siquiera que la suerte ya estaba echada.
​Ya se había ordenado a la guardia apostada en la azotea del Palacio abrir fuego a discreción en contra de los indefensos estudiantes.
​«Son todos políticos comunistas disfrazados de estudiantes, que cobardemente portan armas camufladas como banderas paraguayas —ni siquiera eran las correspondientes azules—, y encima pretendían que el gobierno haga algo por la defensa del Chaco», dijo al día siguiente el presidente Guggiari, justificando así la orden dada para que mataran.



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